Estás en una reunión y, de pronto, una oleada de calor te recorre desde el pecho hasta la cara. Notas cómo sudas, cómo te ruborizas, cómo el cuerpo entero se descontrola durante uno o dos minutos eternos. O te despiertas a las cuatro de la mañana empapada, con la camiseta pegada y la sensación de haber pasado por algo físico, no por un sueño.